La dama del Florero (1998)

Aclaramos que este relato es de ciencia ficción cualquier semejanza con la vida real es mera coincidencia, el autor no se hace responsable por el parecido con nada real.


La dama del Florero

Los ’70s fueron épocas difíciles  pero llenas de recuerdos. Por aquel entonces, era Oficial Inspector en el Departamento de Investigaciones Clandestinas, el Inspector Gordon, Ernesto Gordon.  “Investigaciones Turbias”, era el sobrenombre que le habían puesto a nuestro departamento, nos dedicábamos a hacer el trabajo sucio, las investigaciones que nadie quería llevar a cabo, los trabajos más detestables. 
Tuvimos que luchar contra los criminales más asquerosos que uno pueda imaginar, pero ninguno de todos los casos fue tan extraño como el del 14 de febrero de 1978. 
El 78, ese año fue inolvidable para mi, muchos sucesos marcaron ese año. Mi separación con mi segunda mujer, el asesinato de mi tercer hijo, Argentina Campeón y el 14 de febrero, ese día quedó en mi memoria tan grabado que podría vivirlo con solo cerrar los ojos.
El calor sofocante de un húmedo día de Buenos Aires me retenía en mi sillón con un vaso de Pomona en mi mano y un paquetito de Gofio en la otra, las manecillas del reloj de mi escritorio marcaban las tres de la tarde; mi mente estaba en blanco, el calor no dejaba que los pensamientos pueden moverse en mi cabeza, tan solo mis ojos se podían mover al lento compás de las paletas del ventilador que colgaba del techo anunciando una caída futura. De repente la puerta de mi habitación se abrió y entró una mujer con cara de desesperada, sus ojos estaban perdidos, y su cuerpo parecía estar a punto de desmoronarse. 
Las huellas del tiempo en su rostro indicaban que aquella mujer no había llevado una vida tranquila y que eran suficientes los años que cargaba sobre su espalda. Llevaba puesto un delantal celeste que decía en su bolsillo superior “ Clínica Psiquiatra Salguero”, deduje que debía ser una enfermera de aquella reconocida institución. Caminó hacia mi y sin decir palabras dejo caer una nota sobre mi escritorio.





La nota estaba lejos pero en ella se podía ver escrito a mano el apellido del hombre que había desvelado nuestras noches ... “Rojas”. Ese hombre había secuestrado a las hijas y mujeres de los más ilustres hombres de las sociedad reclamando por ellas un suculento rescate, y nunca pero nunca habíamos podido descubrirle. Veinticinco, veinticinco eran los secuestros que había realizado y veinticinco eran las veces que se había salido con la suya. Cada vez que alguien decía su nombre mi úlcera se habría un poco más. Él se había burlado de nosotros día tras día y nunca pudimos atraparlo, pero ya hacia mas de tres años que no teníamos noticias de él. Creímos que se había fugado del país, pensamos que tal vez había muerto y habíamos cerrado ya sus expedientes; tenía la placentera sensación que ya nadie iba a hacerme recordar su horrible nombre: “Rojas, Ricardo Rojas”. Y ahora esa mujer ahí parada delante de mí, con una nota escrita por él, con la misma mirada de trastorno que tenían cada una de las victimas de Rojas, traía a mi cabeza todos los malos momentos de mi vida.

... continuará ...