Aclaramos que este relato es de
ciencia ficción cualquier semejanza con la vida real es mera coincidencia, el
autor no se hace responsable por el parecido con nada real.
La dama del Florero
Los ’70s fueron
épocas difíciles pero llenas de recuerdos. Por aquel entonces, era Oficial
Inspector en el Departamento de Investigaciones Clandestinas, el Inspector
Gordon, Ernesto Gordon. “Investigaciones
Turbias”, era el sobrenombre que le habían puesto a nuestro departamento, nos dedicábamos a hacer el trabajo sucio, las investigaciones que nadie quería llevar a cabo, los trabajos más detestables.
Tuvimos que luchar contra los criminales más asquerosos que uno pueda imaginar, pero ninguno de todos los
casos fue tan extraño como el del 14 de febrero de 1978.
El 78, ese año fue
inolvidable para mi, muchos sucesos marcaron ese año. Mi separación con mi
segunda mujer, el asesinato de mi tercer hijo, Argentina Campeón y el 14 de
febrero, ese día quedó en mi memoria tan grabado que podría vivirlo con solo
cerrar los ojos.
El calor sofocante de un húmedo día de Buenos Aires me
retenía en mi sillón con un vaso de Pomona en mi mano y un paquetito de Gofio
en la otra, las manecillas del reloj de mi escritorio marcaban las tres de la
tarde; mi mente estaba en blanco, el calor no dejaba que los pensamientos
pueden moverse en mi cabeza, tan solo mis ojos se podían mover al lento compás
de las paletas del ventilador que colgaba del techo anunciando una caída futura. De repente la puerta de mi habitación se abrió y entró una mujer con
cara de desesperada, sus ojos estaban perdidos, y su cuerpo parecía estar a
punto de desmoronarse.
Las huellas del tiempo en su rostro indicaban que
aquella mujer no había llevado una vida tranquila y que eran suficientes los
años que cargaba sobre su espalda. Llevaba puesto un delantal celeste que decía
en su bolsillo superior “ Clínica Psiquiatra Salguero”, deduje que debía ser
una enfermera de aquella reconocida institución. Caminó hacia mi y sin decir
palabras dejo caer una nota sobre mi escritorio.
La nota estaba lejos pero en ella se podía ver escrito a mano el apellido del hombre que había desvelado nuestras noches ... “Rojas”. Ese hombre había secuestrado a las hijas y mujeres de
los más ilustres hombres de las sociedad reclamando por ellas un suculento
rescate, y nunca pero nunca habíamos podido descubrirle. Veinticinco,
veinticinco eran los secuestros que había realizado y veinticinco eran las
veces que se había salido con la suya. Cada vez que alguien decía su nombre mi
úlcera se habría un poco más. Él se había burlado de nosotros día tras día y
nunca pudimos atraparlo, pero ya hacia mas de tres años que no teníamos
noticias de él. Creímos que se había fugado del país, pensamos que tal vez
había muerto y habíamos cerrado ya sus expedientes; tenía la placentera
sensación que ya nadie iba a hacerme recordar su horrible nombre: “Rojas,
Ricardo Rojas”. Y ahora esa mujer ahí parada delante de mí, con una nota escrita
por él, con la misma mirada de trastorno que tenían cada una de las victimas de
Rojas, traía a mi cabeza todos los malos momentos de mi vida.
... continuará ...
