Fragmentos de “El recuerdo de un amigo” (2010)

Soy de esos tipos que buscan la verdad sin importar el precio que eso signifique.
Pero debo confesarle, que últimamente estoy dudando que eso sea bueno.
Hace poco nos trajeron sillas nuevas, no había pasado ni un mes y algunas de esas sillas ya no estaban, no me pregunte cuándo y cómo se fueron.
Mi corazón, más que mi razón, necesitaba saber que estaba sucediendo.
Abrí la puerta de par en par y me quedé atónito mirando aquella terraza al aire libre.
No había ningún auto, ninguna persona, pero sin embargo el estacionamiento superior se encontraba lleno, abarrotado, completo de sillas.
Si, decenas y decenas de sillas, una pegada a la otra, moviéndose hacia todos los lados, pero no yendo hacia ningún lugar.
Como si estuvieran conversando entre ellas en un idioma sin palabras.
Empecé a mirar con mayor atención y pude ver que aquellas sillas eran todas muy variadas, eran diferentes cada una.
Distintos modelos, colores, diferentes estados, algunas de ellas tenían pegados carteles detrás o escrito con blanco distintos nombres.
Me acerqué temeroso, empecé a verlas de cerca, a tocarlas y me resultaron familiares. Ellas se dejaron acariciar por mis manos y hasta tuve la necesidad de sentarme en alguna de ellas.
Ahí comprendí, que aquellas sillas no eran unas sillas cualquiera.
Eran las sillas que fueron escapando de las oficinas de Movistar desde los comienzos de la empresa, cuando aún la empresa tenía otro nombre; cuando comencé a trabajar hace muchos años. Eran las sillas que había visto y usado en Tucumán, en Laminar, en Reconquista, las del octavo y las del trece, las de Vélez, del primero, las de Central Park, las antiguas y las nuevas.
Eran las sillas que se había estado escapando durante todos estos años.
Me fui sentando en cada una de ellas y recordando los momentos buenos y los momentos malos.
Las dichas y las angustias.
Los cafés con amigos y las reuniones interminables.
La gaseosa, la tan reclamada gaseosa.
Los aumentos y los recortes.
Los amigos que están y los que se fueron.
El billar, el metegol, el karting, el futbol, las peleas, las fiestas, las desdichas, los nacimientos, las ausencias, los logros, las emergencias, las bromas, los mundiales, los disgustos, cada silla me traía un sabor, un color, una imagen, un recuerdo.
Quizá muchos recuerdos que creía haber perdido, quizá algunos que había olvidado, quizá momentos que olvidaría a la mañana siguiente, quizá historias que nunca existieron.
Pero ahí estaban todos, los buenos y los malos.
Bajo la luz de la luna, en aquella cochera desierta autos y personas, pero poblada de recuerdos, me olvidé que estaba haciendo, que estaba buscando.
Mi mente se fue en un viaje hacia el pasado.
Fui recorriendo cada silla, hasta que en una de ellas me quedé dormido.
Era una silla vieja, creo que era de Tucumán, del octavo.
Me trajo recuerdos del pasillo que compartí, con mi amigo cuando entré a trabajar, de aquel primer día, de aquellos buenos tiempos.
Recuerdos que atesoro en mi corazón y nunca voy a olvidar, sin importar la distancia y el tiempo que me separen de aquellos días.
Momentos felices.
Un tiempo mejor.
Alegrías.
Recuerdos.
Entre al primer piso. Me fui hasta mi lugar y me senté en mi silla que, todavía estaba ahí, esperando que regrese.
Vi las otras sillas en su lugar, seguro que faltaba alguna, seguro que alguna más se fue aquella noche.
No me pregunten a dónde, no me pregunten por qué, pero se van.
Cada tanto y por algún motivo, se van.
No insistan, no puedo contarles la verdad.
Estoy seguro que no me creerían.