El libro
Era un típico viernes de póker. Cuando llegamos a la casa de Tincho, junto con el Toro y el Polaco, ya había unos cuantos de los muchachos del trabajo tomando unas copas y preparando las cartas. Esa noche éramos unos diez y todo transcurrió tranquilo, como de costumbre, los mismos chistes y las mismas historias, esas que uno ya se sabe de memoria, pero que son un placer escuchar.
De pronto el Toro dijo, “¿Vieron que cerraron La Richmond?”
Todos ya sabíamos del cierre de aquel mítico café de Buenos Aires. Habían anunciado que iban a poner un local de ropa deportiva; creo que nadie había sacado el tema porque a todos nos amargaba la noticia. En ese lugar compartimos muchas cosas, muchas horas de juegos, risas y amigos. El lugar tenía en el subsuelo un enorme salón lleno de mesas de billar y de ajedrez, donde pasamos muchas horas de nuestras vidas. La parte superior era una de las mejores confiterías de la capital, había una interminable barra de madera recorría medio salón, mesas y sillas de estilo que habían visto pasar a los grandes de nuestra historia. Para mi esas mesas tenían algo de especial, más de una vez me senté en ellas a escribir y en ellas tomé las manos de la mujer que robó mi corazón. La Richmond era sinónimo de juego, amigos, arte y amor, era parte de nuestra vida.
“¿Y si hacemos algo para que ese lugar no muera nunca?”, preguntó el Chelo sin saber bien lo que estaba diciendo. “Qué vas a hacer”, retrucó alguno, “¿Poner la guita vos? No nos alcanzan ni los ahorros de todas nuestras vidas para pagarlo.”
“Y si lo tomamos”, sentenció el Trapito; “Son uno más payaso que otro”, se escuchó.
Ahí se armó un debate incompresible, hasta que el Chelo dijo algo que nos hizo callar a todos, “¿Y si nos robamos el Libro?”
Nadie dijo nada, pero todos sabíamos a que se refería.
En las paredes del subsuelo estaban las taqueras, unos pequeños armarios para guardar los tacos; para poder usarlas, además de pagar, tenías que se parte del lugar. Todavía recuerdo el día que me dieron mi taquera, la 21. Abrieron ante mí aquel libro y me dieron una lapicera muy antigua para que firme, miré unos renglones arriba y pude ver el nombre del famoso billarista Navarra, esa noche me dormí con la llave número 21 debajo mi almohada. Aquel libro era el alma de La Richmond.
Nadie dijo que la idea era un disparate, por el contrario, en seguida empezamos a darle forma al plan. Creo que nuestra experiencia y pasión nos llevó a armar el mejor equipo de trabajo del que recuerdo haber formado parte.
El objetivo era claro, entrar a La Richmond y robar el libro. El domingo a las dos de la mañana, a esa hora por la calle florida no anda nadie.
El grupo quedó formado por el Toro, el Polaco, Tincho y yo.
Nos encontramos en la esquina de Corrientes y Florida, Tincho trajo una pinza, que su viejo conservaba de cuando trabajaba en el ferrocarril, para poder romper la cadena que había en la puerta y en unos pocos segundos estuvimos adentro. Estaba oscuro, pero no quisimos prender la luz para no ser descubiertos.
Empecé a caminar por el salón de arriba y me pareció ver las sombras de Borges y Sábato moverse en la oscuridad; cerré los ojos y recordé mis días en aquel lugar.
Después de un rato de estar ahí nos empezamos a acostumbrar a la falta de luz y pudimos ver que el salón estaba vacío, no había mesas, ni sillas.
El Toro nos empujó para que bajemos al subsuelo, ahí era todo más oscuro aún pero enseguida notamos que tampoco estaban las mesas de ajedrez, ni de billar, ni las sillas.
Todo estaba vacío.
Corrí a la barra y busqué el libro, pero ya no estaba.
Tincho se sentó abatido en las escaleras, mientras el Toro y el Polaco recorrían el inmenso salón.
Al rato volvieron con una vieja botella de legui, “es todo lo que queda”, dijeron y comenzamos a beber y a recordar en silencio.
De repente, entre las sombras apareció Luisito, uno de los mozos del lugar que había muerto, hace tiempo, en una pelea de juego.
“¿Qué hacen?”, preguntó enojado, “no ven que ya no queda nada, ya no hay nada que hacer acá”. Nos quedamos paralizados del miedo.
“Tienen que irse ustedes también; ayer a la noche las mesas y las sillas decidieron marcharse, no soportaban más estar acá, el dolor del vacío se les hacía insoportable.”
“¿Y el libro?”, pregunté.
“No se preocupen, está bien cuidado. Es el alma del lugar, yo me voy a ocupar que esté seguro”
Estuvimos hablando hasta tarde. No recuerdo cuanto, solo sé que me quedé dormido. Me desperté con las luces del día. Ahí estábamos lo cuatro sentados en las escaleras, nos levantamos en silencio, salimos a la calle y cada uno se fue por su lado.
Cuando llegué a la oficina me senté en mi silla y leí en el diario, que los dueños de La Richmond la habían desmantelado la noche del sábado.
Vi entrar al Polaco y a Tincho, que me miraron cómplices y se fueron a sus oficinas.
Al rato llegó el Toro, me abrazó con fuerzas y se sentó en el escritorio de al lado, en silencio.
La tristeza compartida con amigos, hace que el dolor sea menor.