...
Creo
que todo el mundo recuerda el día que clausuraron Central Park, yo lo recuerdo
como si fuera hoy.
El
motivo de la clausura?
Por
lo que dijeron, fue por irregularidades en la seguridad del piso, pero yo sabía
que había algo más.
Ese
día me fui igual que el resto de la gente, contento y sorprendido por no tener
que laburar más y con la tonta esperanza que aquella clausura durase por varios
días.
Me
subí al auto, lo puse en marcha, bajé la rampa y me fui, pero por algún extraño
motivo en lugar de subir a la autopista 9 de julio sur continué camino por
california y me detuve en la esquina del bar El Progreso, a tomar un vaso de
Legui y a pensar.
Quizá
la clausura sea solo una excusa para tapar otro suceso, quizá la desaparición
de las computadoras tenía algo que ver con esto.
Como
ya les dije soy de las personas que necesitan de la verdad para vivir, para
sufrir.
A
eso de las once de la noche volví, dejé el auto estacionado en el pasaje
Feijoo, frente al portón de entrada de California. Me acerqué caminando y toqué
el timbre.
El
guardia ya me conoce, así que no tuve que dar demasiadas explicaciones, dejé
que tome mis datos y subí al primer piso.
Antes
de entrar tuve la tentación inevitable de subir hasta la terraza.
Simplemente
me dejé llevar, continué subiendo por las escaleras y cuando abrí la puerta del
estacionamiento descubierto ahí las vi.
Ahí
estaban.
Bajo
la luz de la luna.
Las
sillas.
Me
sentí aliviado de ver que aun se encontraban ahí, pude notar que ahora eran
muchas más, pude ver nombres que quise mucho y nombres que aún hoy sigo
queriendo, tuve la tentación de sentarme en alguna de ellas pero sabía que
tenía que continuar con mi viaje de aquella noche.
Cuando
llegué a la puerta del primer piso me encontré con la faja de clausura, para
poder ingresar tenía que romperla y hacer eso era cometer un delito.
Soy
un tipo muy estricto con algunas pautas morales, pero creo que con los años y
los cursos de las grandes corporaciones cada año estoy más flexible, así que no
lo dudé y rompí la faja de clausura, utilicé mi tarjeta de acceso y entré sin
que nadie me frenará. Debido a la clausura los guardias de seguridad se habían
tenido que ir del lugar.
Comencé
a recorrer el enorme piso, sin gente a esa hora y sin sillas. Comencé a notar
que todos los escritorios estaban vacíos, ninguno tenía computadora. Si estaban
las fotos, papeles y demás cosas que la gente, que todavía trabaja ahí,
utilizan día a día, pero las computadoras no estaban, se habían ido.
No
se trata de la computadoras viejas que desaparecen porque ya nadie las quiere,
no, estas son computadoras totalmente útiles y por algún motivo se habían ido.
Pero,
por qué?
Continué
caminando sin entender que sucedía y descubrí una notebook en un escritorio,
primero no pude comprender por qué no se había ido, pero cuando estuve a su
lado me di cuenta que estaba atada con un candado, eso había evitado que se
fuera.
Estuve
un rato largo en la oficina aquella noche, me senté, en el piso, a intentar
descifrar lo que pasaba.
Luego
de varias horas me fui en silencio, sin saber qué es lo que estaba sucediendo.
Cerré
y puse la faja nuevamente intentado disimular que la había roto.
Saludé
al guardia del portón de calle, caminé a mi auto, lo puse en marcha y salí
apurado y perdido hacía mi casa.
Al
día siguiente volví a la oficina, cuando entré vi varios escritorios vacíos y
varios con computadoras encima, miré cuidadosamente a alguna de ellas, me
pareció que eran otras diferentes a las que estaban unos días atrás, que las
habían traído nuevas y las habían maquillado de usadas para que no nos demos
cuenta lo que estaba pasando. Pero no tenía forma de comprobarlo.
A
partir de aquel día nos empezaron a cambiar alguna de las computadoras de
escritorio por notebooks y junto con las nuevas adquisiciones nos entregaron candados
para atarlas y evitar que nos la roben. O quizá sea para que no se escapen.
Le
pregunté a cada propietario de las pocas computadoras que todavía quedan en la
oficina si esa era su computadora de siempre y todos me juraron que sí.
Le
pedí a cada una de los dueños de las nuevas notebooks que no las aten, pero se
negaron a hacerlo argumentando que si se las robaban ellos serían los
culpables.
No
me animé a contarle a nadie lo que había sucedido aquella noche, quien podría
creerle a un simple poeta.
Desde
entonces, llevo conmigo una lista con los números de serie de las computadoras
que todavía están en Central Park, inclusive a alguna de ellas les hice marcas
que solo yo conozco. A veces dejó mi notebook sin el candado para ver si se va.
Sigo
obsesionado con aquella desaparición de las computadoras que aún no puedo
explicar.
Pero
si vuelve a suceder esta vez, estoy preparado.
Cada
vez que entro a la oficina y veo un escritorio vacío no puedo evitar ponerme
mal, me entristece, me cuesta no entender…
…me
duele ver un escritorio vacío.
...
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