Escritorios vacíos 2010 (fragmento sillas)



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Creo que todo el mundo recuerda el día que clausuraron Central Park, yo lo recuerdo como si fuera hoy.
El motivo de la clausura?
Por lo que dijeron, fue por irregularidades en la seguridad del piso, pero yo sabía que había algo más.
Ese día me fui igual que el resto de la gente, contento y sorprendido por no tener que laburar más y con la tonta esperanza que aquella clausura durase por varios días.
Me subí al auto, lo puse en marcha, bajé la rampa y me fui, pero por algún extraño motivo en lugar de subir a la autopista 9 de julio sur continué camino por california y me detuve en la esquina del bar El Progreso, a tomar un vaso de Legui y a pensar.
Quizá la clausura sea solo una excusa para tapar otro suceso, quizá la desaparición de las computadoras tenía algo que ver con esto.
Como ya les dije soy de las personas que necesitan de la verdad para vivir, para sufrir.
A eso de las once de la noche volví, dejé el auto estacionado en el pasaje Feijoo, frente al portón de entrada de California. Me acerqué caminando y toqué el timbre.
El guardia ya me conoce, así que no tuve que dar demasiadas explicaciones, dejé que tome mis datos y subí al primer piso.
Antes de entrar tuve la tentación inevitable de subir hasta la terraza.
Simplemente me dejé llevar, continué subiendo por las escaleras y cuando abrí la puerta del estacionamiento descubierto ahí las vi.
Ahí estaban.
Bajo la luz de la luna.
Las sillas.
Me sentí aliviado de ver que aun se encontraban ahí, pude notar que ahora eran muchas más, pude ver nombres que quise mucho y nombres que aún hoy sigo queriendo, tuve la tentación de sentarme en alguna de ellas pero sabía que tenía que continuar con mi viaje de aquella noche.
Cuando llegué a la puerta del primer piso me encontré con la faja de clausura, para poder ingresar tenía que romperla y hacer eso era cometer un delito.
Soy un tipo muy estricto con algunas pautas morales, pero creo que con los años y los cursos de las grandes corporaciones cada año estoy más flexible, así que no lo dudé y rompí la faja de clausura, utilicé mi tarjeta de acceso y entré sin que nadie me frenará. Debido a la clausura los guardias de seguridad se habían tenido que ir del lugar.
Comencé a recorrer el enorme piso, sin gente a esa hora y sin sillas. Comencé a notar que todos los escritorios estaban vacíos, ninguno tenía computadora. Si estaban las fotos, papeles y demás cosas que la gente, que todavía trabaja ahí, utilizan día a día, pero las computadoras no estaban, se habían ido.
No se trata de la computadoras viejas que desaparecen porque ya nadie las quiere, no, estas son computadoras totalmente útiles y por algún motivo se habían ido.
Pero, por qué?
Continué caminando sin entender que sucedía y descubrí una notebook en un escritorio, primero no pude comprender por qué no se había ido, pero cuando estuve a su lado me di cuenta que estaba atada con un candado, eso había evitado que se fuera.
Estuve un rato largo en la oficina aquella noche, me senté, en el piso, a intentar descifrar lo que pasaba.
Luego de varias horas me fui en silencio, sin saber qué es lo que estaba sucediendo.
Cerré y puse la faja nuevamente intentado disimular que la había roto.
Saludé al guardia del portón de calle, caminé a mi auto, lo puse en marcha y salí apurado y perdido hacía mi casa.
Al día siguiente volví a la oficina, cuando entré vi varios escritorios vacíos y varios con computadoras encima, miré cuidadosamente a alguna de ellas, me pareció que eran otras diferentes a las que estaban unos días atrás, que las habían traído nuevas y las habían maquillado de usadas para que no nos demos cuenta lo que estaba pasando. Pero no tenía forma de comprobarlo.
A partir de aquel día nos empezaron a cambiar alguna de las computadoras de escritorio por notebooks y junto con las nuevas adquisiciones nos entregaron candados para atarlas y evitar que nos la roben. O quizá sea para que no se escapen.
Le pregunté a cada propietario de las pocas computadoras que todavía quedan en la oficina si esa era su computadora de siempre y todos me juraron que sí.
Le pedí a cada una de los dueños de las nuevas notebooks que no las aten, pero se negaron a hacerlo argumentando que si se las robaban ellos serían los culpables.
No me animé a contarle a nadie lo que había sucedido aquella noche, quien podría creerle a un simple poeta.
Desde entonces, llevo conmigo una lista con los números de serie de las computadoras que todavía están en Central Park, inclusive a alguna de ellas les hice marcas que solo yo conozco. A veces dejó mi notebook sin el candado para ver si se va.
Sigo obsesionado con aquella desaparición de las computadoras que aún no puedo explicar.
Pero si vuelve a suceder esta vez, estoy preparado.
Cada vez que entro a la oficina y veo un escritorio vacío no puedo evitar ponerme mal, me entristece, me cuesta no entender…
…me duele ver un escritorio vacío.

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